Semblanza de Mary Chuy candidata del Concejo Indígena de Gobierno a las elecciones presidenciales del 2018

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“Anhelo una organización de abajo hacia arriba, en la que se mande obedeciendo y se respeten los acuerdos de todos”

Mi nombre es María de Jesús Patricio Martínez; nací en la comunidad nahua de Tuxpan, Jalisco, el 23 de diciembre de 1963. Recuerdo que durante mucho tiempo sólo hubo luz y empedrado en el primer cuadro de mi pueblo; las casas eran de adobe y teja, y se tenían que hacer largas filas para surtir el agua que emanaba únicamente de tres llaves. En ese entonces, tenía que cargar el agua con dos botes colocados a los extremos de un palo fijado a mi espalda, y cuando era de noche y necesitaba hacer algún mandado, prendía un ocote para divisar el camino, si es que la luna no lo iluminaba. Durante mi niñez estudié la primaria, y cuando era mayor, la secundaria y el bachillerato.

Desde que tengo uso de razón, mi comunidad se caracteriza por sus festividades. Cada 20 y 27 de enero y 2 de febrero, la fiesta se dedica a San Sebastián, para que la proteja de la peste. Después de Semana Santa, el 3 de mayo, se celebra la fiesta de la Santa Cruz, así como la de Corpus Cristi que coincide con el inicio de la siembra, para pedir por la cosecha. En septiembre y octubre, previo a la llegada de las ánimas, se hacen los “enrosos” a todas las imágenes protectoras de Tuxpan. El día de muertos se celebra con la colocación de ofrendas y finalmente, en diciembre y hasta el 7 de enero, se realiza la fiesta del Santo Niño con la participación de numerosas danzas de paixtles y moros, así como de pastorelas. Cuando era pequeña, observaba cómo las mujeres mayores, entre ellas mis tías y mi abuela, curaban a los enfermos de susto, espanto, aduendado, bilis, debilidad, o de la canícula.
 
Mi tía Catarina, por ejemplo, hacia las limpias con plantas y preparaba ungüentos que esparcía por todo el cuerpo de los enfermos. En 1987, mi mamá perdió la movilidad de la cintura para abajo. Después de tres años de tratamiento con médicos especialistas sin ver mejoría, desesperada, decidí pedir asesoría a los curanderos. De esta manera, diagnostiqué que a mi mamá le habían hecho un mal, de ahí que los doctores no hubieran encontrado las causas de su estado. Al principio me dio temor no aplicar correctamente las curaciones indicadas; sin embargo, gracias a la atención de mis asesores y a la constante mejoría de mi mamá, obtuve mucha confianza. Después de tres meses de curaciones, mi mamá volvió a caminar y me comprometí con ella a seguir aprendiendo para evitar la muerte de todas aquellas personas que no encuentran la cura de sus males.

Una curandera me dijo que si yo decidía curar, no debía lucrar con mis saberes, pues la luz que me protege se extinguiría, y no podría hacerlo de nuevo. La tía Luz me orientaba sobre las limpias y las curaciones de ojo, susto y empacho, y poco a poco fui ganando la confianza de quienes acudían conmigo a curarse. Además, mi conocimiento se fue enriqueciendo mientras impartía talleres sobre plantas medicinales en la comunidad y en la Sierra de Manantlán.
 
En 1995 con ayuda de la Unidad de Apoyo a las Comunidades Indígenas de la Universidad de Guadalajara se instaló en Tuxpan una casa de salud. Con base en plantas y en medicina tradicional, se realizaron curaciones de ojo, susto y empacho, además de limpias, sobadas de descomposturas y masajes. Actualmente, la casa de salud se ubica en la calle Abasolo, número 57-A, en el barrio del Cóbano; se atiende de lunes a viernes de 9:00 a las 14:00 horas y de las 16:00 a las 18:00 horas, y los sábados de las 9:00 a las 14:00 horas.

El levantamiento de los zapatistas, en 1994, fue para mí sumamente inspirador: siendo quizá más pobres que yo, se atrevieron a luchar contra los ricos y poderosos. En ese mismo año, la comunidad fue invitada a participar en un foro nacional indígena, convocado por el movimiento zapatista, que se realizó en San Cristóbal de la Casas. Tuve la suerte de que me propusieran como representante. Al estar en dicha reunión, advertí que los habitantes de mi comunidad no éramos los únicos pobres, sino que los mismos problemas que nos afectaban eran compartidos por otros pueblos indígenas del país, y descubrí que éste era mi espacio y que debía unirme a la lucha contra el poderoso. Desde entonces decidí participar en las siguientes reuniones, fungiendo como puente entre mi comunidad y el resto de las comunidades organizadas.

Mi compromiso con el combate al machismo y la reconstitución de las comunidades, así como mi constante asistencia a las reuniones, me permitieron que el 29 de marzo de 2001, ante el Congreso de la Unión, hablara en nombre de las mujeres indígenas de México, para dejar en claro que el proceso de reconstitución integral de los pueblos indígenas del país es una tarea que incumbe tanto al hombre como a la mujer, en una misma lucha por lograr nuestra plena liberación. Ahora que tengo una familia, he revalorizado más todo lo que da la vida, y la importancia de cuidarla. Sin embargo, sé que otros más buscan la destrucción de nuestras comunidades. Por ello, considero que es indispensable que los pueblos indígenas y no indígenas permanezcan unidos para resguardar la vida y la salud; para preservar la organización colectiva y salvar a nuestra madre tierra.

 

Semblanza tomada de la edición impresa del

Número 15 de la Revista Tukari noviembre 2010

Fotografía: Ramón Michelle Pérez Márquez

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