María Trinidad Mijares

Foto: R. Michelle

Primera mujer que ha sido segundo go­bernador wixárika y representante del consejo de vigilancia de su co­munidad a pesar de que algu­nos hombres no aceptaban que ocupara dicho cargo. Ahora ella promueve la espe­ranza de que haya más mujeres profesionistas.
 
Nací en un lugar llamado Cabeza de Venado, perteneciente al municipio de Mezquitic, Jalisco. Mi padre, Agustín Reza de la Cruz, nació en Cabeza de Venado; mi madre, María Guadalupe Mijares Montoya, en Las Pi­tahayas. Mi comunidad tiene problemas con la de Santa Catarina, ya que las tierras que ocupa aquella son reclamadas por ésta que, después de mucho tiempo, no ha querido reconocer su autonomía. A pesar de ello, yo me identifico con Cabeza de Venado: ahí nací y fui criada.
 
A los 10 años, entré a una escuela de francisca­nos en Santa Clara. Mi madre hizo una visita a esa escuela y yo la seguí a escondidas; cuando las monjas me vieron, me invitaron a quedarme. Ahí aprendí a leer y escribir. Pensé que no sería capaz de aprender español, ya que se me difi­cultó mucho. No cursé el último grado porque fui a Guadalajara a estudiar primeros auxilios de enfermería. Al terminar el curso, mis padres me pidieron que regresara a la comunidad para ayudarla; a pesar de que quería permanecer en Guadalajara, atendí la petición de mis padres y comencé a trabajar en el centro de salud de mi comunidad a los 16 años. En ese lugar conocí a mi esposo, quien en ese entonces tenía 17 años; al poco tiempo de conocernos me casé por el ci­vil, y enseguida ocupé el cargo de tupil.
 
 
Al ser tupil, me encargaba de preparar y repar­tir la comida en las fiestas y estaba presente en las ceremonias. Posteriormente, me hice cargo de un centro ceremonial en San Andrés. Fui, asi­mismo, suplente del gobernador durante un año y después segundo gobernador. A pesar de que algunos hombres no lo aceptaban, fueron los ancianos quienes directamente me convirtieron en la primera mujer en ocupar dicho cargo, en virtud de que siempre había apoyado a la comu­nidad. Asumí el cargo durante el periodo que correspondía con el apoyo de mi esposo; tuve la oportunidad de platicar con las mujeres sobre los apoyos y las oportunidades que existen, y de dirigir sus peticiones de medicinas al centro de salud.
 
Aún continúa en funcionamiento el centro de salud, aunque está instalado en una casa muy incómoda. Hace poco fueron a la sierra el presi­dente municipal de Mezquitic y un representan­te de la Comisión Estatal Indígena, a quienes les pedimos que trabajaran por que exista un buen servicio de salud en la comunidad. Quisiéramos que no se perdiera la medicina tradicional, por lo que consideramos importante la conservación de las plantas medicinales y que los médicos tra­dicionales enseñen su conocimiento ancestral a los jóvenes.
 
En la comunidad, la mayoría de las mujeres son artesanas. Tienen el problema de que no existe forma de comercializar y, a veces, de con­seguir la materia prima, pues en muchas oca­siones es muy cara. Por ello, es necesario llevar a cabo acciones encaminadas para encontrar materia prima más barata y de atraer la inver­sión a la comunidad. Esta es mi idea para que las mujeres conserven sus fuentes de empleo y, con ello, puedan comprar hortalizas y alimento básico. No podemos permitir que las mujeres de mi pueblo continúen emigrando en busca de trabajo.”
 
Ahora que mi cargo es el de representante del consejo de vigilancia de mi comunidad, siendo nuevamente la primera mujer en ocupar un car­go de dicha naturaleza, tengo la esperanza de que haya más mujeres profesionistas, por lo que me dedicaré a alentar su confianza. Ellas pue­den hacer mucho por su comunidad, porque co­nocen muy bien las necesidades que existen en las familias. Ahora mismo, ya hay muchas que se están preparando fuera profesionalmente, y espero que regresen a ayudar.
Mi misión es que, al terminar el cargo, en mi comunidad quede garantizada la existencia de trabajo, en orden de que la gente tenga los in­gresos suficientes para sustentar a sus familias.